Cementerio del Sud

En el espacio verde delimitado por la Av. Caseros y las calles Monasterio, Uspallata y Santa Cruz existió un cementerio público. Habilitado oficialmente el 24 de diciembre de 1867, funcionó sólo durante 4 años. Recién inaugurado, se desata una epidemia de cólera que produce cerca de 2000 víctimas y en 1871, por la de fiebre amarilla, mueren más de 14000 personas.

Por los estragos que produjo epidemia, la Municipalidad debe enterrar los cadáveres en fosas comunes ante la escasez de cajones. La cifra estimada del 60% de casos mortales sobre los 13.614 del semestre indica el alto porcentaje del mes de abril. Por esta razón la ciudad pareció abandonada, como durante los azotes de las pestes en el medioevo. Las bajas no tienen anotaciones, el cementerio carece de registros, no se gobierna, administra ni obedece. Sólo la Policía y la Comisión Popular hacen lo que pueden cumpliendo guardias permanentes.

Sin más capacidad, es cerrado y reabierto en 1880 con los combates de los Corrales, pero la presión de los vecinos luego de inaugurado el cementerio de la Chacarita produce su cierre definitivo, convirtiéndose el predio en un parque público.

El poeta Guido Spano participó en la Comisión Popular del Cementerio del Sud tras la muerte de su esposa, su “dulce Sofía”, junto a un sin número de amigos y familiares a causa de la fiebre amarilla. (ver artículo: datos sobre sus orígenes)
En circunstancias especiales de entierros de personas pertenecientes al bando político adversario al suyo, demostró su grandeza de espíritu. En su “Autobiografía” relata el caso de Doña Luisa Díaz Velez de Lamadrid, hermana de un héroe de la Independencia y esposa del general Gregorio Araoz de Lamadrid:

La noche del 12 de abril de 1871, concurrieron a su oficina por un ataúd ya que no se conseguían por la gran demanda. Al notificarse del nombre de la muerta actúa decidido y rápidamente, para él los restos merecen el trato oficial de una patricia. Su gestión oficial consigue al día siguiente un carro policial de recolección colectiva, dispone que el joven Pereira de servicio voluntario, acompañado de un celador, obtenga por cualquier método un carruaje y un féretro. Así, con un cochero se dirigen al Cementerio atravesando la lúgubre ciudad abandonada. Las súplicas de Guido Spano son escuchadas por el administrador Carlos Munilla que concurre a media noche para realizar la tarea del entierro. Ese día habían quedado más de doscientos cadáveres insepultos por falta de personal. Es entonces cuando el poeta declara: “me pareció que mi madre me daba un beso en las tinieblas”.

Las precauciones tomadas con Pereira y el negro cochero fueron inoperantes. Pocos días después ambos fallecían.

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